Eclosiona

Vivir mucho no basta

Composición abstracta elegante sobre longevidad, fuerza y presencia

Últimamente se habla mucho de longevidad, como si el gran triunfo fuera sumar años. Y sí, vivir más puede ser una bendición. Pero solo si esos años vienen acompañados de algo más interesante que la simple duración.

Porque no es lo mismo vivir mucho que vivir bien.

Vivir bien, para mí, tiene que ver con poder levantarse del sillón sin negociar con todos los santos. Con tener fuerza para cargar una bolsa, subir una escalera, caminar una ciudad, abrazar fuerte. Tiene que ver con seguir aprendiendo, con mantener la curiosidad despierta, con poder decidir, comprender, conversar, cambiar de opinión.

También tiene que ver con no renunciar a la conciencia con la que nacimos. Esa capacidad tan humana de observarnos, elegir, corregir, cuidar. No vivir “al como venga”, dejando que el cuerpo se apague por descuido, que la mente se oxide por repetición, que las emociones se acumulen como trastes sin lavar.

El cuerpo, la mente, las emociones y la vida interior no son departamentos separados. Son el gran envase desde el que habitamos el mundo. Si uno se descuida, los demás lo sienten.

No podemos controlar cuántos años tendremos. Esa parte nunca ha estado del todo en nuestras manos. Pero sí podemos influir en la manera en que llegamos a ellos: más presentes, más fuertes, más lúcidos, más nuestros.

No quiero durar por durar.

Quiero vivir el tiempo que tenga con dignidad, autonomía y ganas. Aprendiendo algo hasta el último día. Porque los años pueden ser muchos o pocos; la diferencia está en qué hacemos con ellos.

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