
No bastaba ser flaca.
Durante muchos años perseguí un número en la báscula como si ahí estuviera escondida una versión más tranquila de mí. Pero cuando llegaba, pasaba algo bastante incómodo: me sentía igual. Igual de inconforme, igual de vigilante, igual de lejos de mi cuerpo.
Lo más agotador no era el número. Era el camino para alcanzarlo.
Vivía en una cárcel autoimpuesta de reglas, frenos y permisos. Esto sí, esto no, esto mejor mañana, esto hay que compensarlo. Mi cuerpo no era una casa: era un expediente abierto. Y yo, su juez más cansada.
No tenía energía. Ni ganas. Y hay algo que entendí tarde: hasta para ser amable se necesita energía. Para tener paciencia, hacer planes, sostener conversaciones, reírte sin estar pensando en la siguiente comida o en el siguiente castigo.
Mi relación más seria era con la báscula.
Hasta que un día la realidad se coló: esto no era sostenible. No me estaba cuidando. Me estaba maltratando con buenos modales. Estaba desesperando a mi cuerpo y llamándole disciplina.
Cuando empecé a cuidarlo de verdad, algo cambió. Mi cuerpo empezó a cuidarme de regreso. Volvió la energía. Volvieron los planes. Volvió una versión de mí menos rígida, menos enojada, más disponible para la vida.
Hoy la báscula ya no dirige la conversación.
Me importa cómo me siento. Me importa tener fuerza, calma, hambre real, descanso, ganas.
Y no voy a mentir: también me encanta cómo me veo.
Pero ahora eso ya no es la condición para quererme. Es una consecuencia bonita de haber dejado de pelear.