
Hace días quiero escribir sobre glucosa, resistencia a la insulina y la tormenta de enfermedades que ese dúo dinámico puede traernos encima. Pero las letras se han negado. Ellas son libres. Ayer, sin embargo, las sentí inquietas, como si se estuvieran sindicalizando dentro de mi cabeza. Nadie quiere un montón de letras organizadas marchando ahí adentro.
Por eso hoy no voy a escribir de glucosa. Voy a escribir de emociones.
Ayer tuve un incidente difícil en la oficina: incómodo, extraño, bastante inusual. Terminó resolviéndose con demasiados correos de ida y vuelta, como un partido de tenis jugado en lodo. Todo está bien. Solo fue uno de esos días que llegan con curvas.
Lo que me sorprendió fue mi reacción.
Hace no tantos años, la justiciera que vive en mí —Miss Perfecta, con toga imaginaria y cero sentido de proporción— habría llevado el asunto hasta un patíbulo rústico. Metafóricamente, claro, habría corrido sangre.
Pero no pasó.
No porque yo sea “paz y amor”. Que nadie se confunda. Tengo carácter, sé defenderme y, si preguntan en mi casa, mi papá podrá confirmar que no floto por la vida envuelta en incienso. Ayer sentí los tres caballos pateándome el pecho desde adentro. La diferencia fue que no me dejé rodar. Y tampoco hice rodar a nadie.
Eso también es salud.
Poder sentir enojo sin convertirlo en incendio. Poder incomodarnos sin buscar culpables para alimentar la hoguera. Poder pausar, observar, elegir el significado que le damos a lo que ocurre.
No podemos controlar lo que otros piensan, dicen o hacen. Pero sí podemos cuidar el tamaño de la puerta por donde dejamos que eso entre.
Vivir mejor también es esto: no existir dentro de una olla de problemas viendo a todos como posibles agresores.
Y, con suerte, recuperar suficiente calma para algún día escribir sobre glucosa y resistencia a la insulina.