Eclosiona

La salud no empieza en urgencias

Composición abstracta sobre salud, sistemas y conexión humana.

A veces pienso que llamamos “sistemas de salud” a estructuras que, en realidad, están diseñadas para administrar enfermedad. Y no lo digo como ataque. La medicina convencional salva vidas, resuelve crisis, contiene dolores, repara daños. Bendita sea cuando la necesitamos.

Pero hay algo extraño en la forma en que nos relacionamos con ella: solemos acercarnos cuando el cuerpo ya levantó la mano, cuando algo duele, sangra, se inflama, se rompe o simplemente deja de funcionar como antes.

Casi nadie va al hospital a preguntar cómo sentirse todavía mejor. Cómo dormir mejor. Cómo comer de una manera que tenga sentido para su cuerpo. Cómo sostener energía, fuerza, claridad mental y equilibrio emocional durante más años. Quien lo haga probablemente exista, pero debe ser un unicornio azul con expediente clínico.

El problema no es que existan medicamentos, estudios o procedimientos. El problema es creer que eso, por sí solo, equivale a salud.

La salud también se construye en lo cotidiano: en lo que comemos, en cómo nos movemos, en la manera en que descansamos, en lo que hacemos con el estrés, en la calidad de nuestras relaciones, en la atención que le damos al cuerpo antes de que tenga que gritar.

No se trata de rechazar la medicina ni de romantizar la fuerza de voluntad. Se trata de recuperar participación. De entender que el médico puede acompañar, orientar y tratar, pero nadie puede habitar nuestro cuerpo por nosotros.

Dependemos de la industria alimentaria para nutrirnos y de la industria médica para curarnos. En medio estamos nosotros, con más poder del que a veces usamos.

Cuidar la salud no es controlar la vida. Es dejar de vivir como si el cuerpo fuera un trámite pendiente.

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